
“Aun no puedo creerlo… ¿fue un sueño, o estaba despierto? No, estaba despierto. ¿Pero que sucedió?”
En la sala de urgencias de un hospital, yace el cuerpo de un hombre, soltero, linda y complaciente novia, futuro lleno de promesas…
Al entrar en la sala de espera, Matilde cortó la respiración de más de uno de los presentes, que aguardaban las noticias médicas de sus respectivos pacientes.
- ¿Cómo está Miguel? – preguntó al encargado de admisión.
- Señorita, no podemos dar información alguna, hasta las 11 de la noche. Siéntese y espere a que lleguen los informes, por favor- le respondió el encargado, quien de paso le dirigió una mirada lasciva.
“Maldita sea”, apenas eran las 7 de la noche. No podía esperar, la llamada que recibió una hora antes, no fue lo suficientemente específica, por lo menos no para ella: “¿Bueno?...¿Señorita Marcos?...Soy yo…¿Conoce usted al sr. Miguel Montes?...Claro, es mi novio ¿qué pasa?, ¿ha sucedido algo?...Señorita Marcos, su novio ha sufrido un accidente, necesitamos que venga por sus pertenencias e informe a sus familiares, ¿conoce usted el Hospital General Basílica?...”
Seguro, lo conocía, Miguel trabajo en ese lugar cerca de un año, camillero, “trabajo duro pero poco valorado” solía decir. A Matilde siempre le agradó que Miguel trabajara en ese hospital, es mas le llenaba de orgullo. La tarde que Miguel renuncio al trabajo, ella estaba como loca, “¿Y ahora que harás de tu vida?, No puedes solo abandonar el trabajo por que tus jefes trabajan menos que tu.” Miguel no soltó una sola palabra mas esa tarde, solo “perdón”.
Miguel era como un niño, siempre tan metido en los videojuegos y en cuestiones mentales tan poco importantes, que casi a diario le causaba dolores de cabeza a Matilde. Aunque esto era a la vez lo que mas le gustaba de el, y claro, cuando hacían el amor. Cuando hacían el amor, eran uno solo, conectados tan solo por la mitad de su cuerpo, pero infinitamente conectados por su mente y su corazón.
Las 8 de la noche. Matilde, harta de las miradas de los hombres, decidió tomar un respiro, y de paso llamar a su casa, informar a sus padres lo poco que sabia. Mientras tanto, Miguel en su “estado de semi-inconciencia” trata de explicarse que fue lo que sucedió, sabia que iba a morir, que de esta no se salvaría, pero tenia que dejar evidencia alguna, tenia que aguantar lo suficiente para poder ver nuevamente a su ángel de ojos verdes, ella le creería, si ella le creería.
“Piensa los fantasmas no existen… pero entonces, ¿que fue eso?, bien, dejé a Matilde en su casa después del trabajo, que bien se veía, como desearía haberle hecho el amor una vez mas… ¡basta!, debo pensar en lo demás… llegué a casa como a las 5 de la tarde, puse mi despertador a las 5 de la mañana, me quite la corbata, entonces tomé una revista para leer en el baño, entonces la vi…”
Miguel soltó un grito desgarrador, el medico de guardia corrió inmediatamente a su cubículo, tomó sus signos vitales, “Enfermera, necesito adrenalina, rápido…este ya no responde…traigan los shocks…” Miguel se debatía entre la vida y la muerte…
La sala de espera se estremeció al escuchar este grito de dolor, Matilde, que se encontraba por meter las monedas en el teléfono público, corrió desesperada hacia la ventanilla.
- ¡Déjenme pasar, por favor! – gritó, con lagrimas en los ojos – Ese fue Miguel, yo conozco su voz…
Su voz se perdió en el alboroto general. Era viernes, y como su amado solía decir: “Los viernes son de locos, cuando no hay una carambola de autos, hay un incendio, o algo así. Esta ciudad está desquiciada.” ¡Que días aquellos! Más que el orgullo de que Miguel trabajase de camillero, a ella le gustaba que, debido al trabajo, Miguel había hecho mejor cuerpo, y sobre todo, le gustaba la cercanía de su hotel favorito con aquel hospital.
Le gustaba pasar a verlo al fin de la jornada, y le insinuaba cerca de diez veces en tan solo 20 o 30 minutos, que era lo que duraba la comida regularmente, que la llevara a hacer el amor a aquel bellísimo hotel. Naturalmente, el accedía cada vez, pues quien podía negarse a esos bellos ojos verdes, a aquellas piernas blancas como la nieve, y a esos dos senos hermosos.
“Los tienes grandes, como me gustan”, le dijo Miguel alguna vez, mientras hacían el amor, en aquel hotel. Si, ¡que días aquellos! Matilde, suspiró, se secó las lagrimas y tomó asiento, sin importarle ya, las miradas de los allí presentes…
Media hora después, Miguel volvió en si, el pecho le dolía, debido a la inyección que le habían suministrado directo al corazón, sin embargo, no podía sentir su costado izquierdo. Su boca estaba seca, y por más que lo intentaba, no podía abrir los ojos.
“¿Qué me pasa? Debo soportar esa terrible imagen, pues tengo que describirla, nadie mas debe morir, debo advertirles… al tomar la revista, sentí que algo se movía detrás de mi, me di vuelta, y ahí estaba, era una niña, con cara de mujer, sus ojos lloraban sangre, y me estaba mirando, sin ojos y con una sonrisa maligna, entonces todo se volvió oscuridad. Pero me seguía mirando, y su risa maligna. Si, entonces cerré mis ojos y al abrirlos su mirada brillaba, y su risa invadió todo el cuarto, entonces ya no pude moverme, y sentí lo mismo que siento ahora…”
La vida se le iba a Manuel, se retorció en la cama, los médicos corrieron nuevamente, “No, hay nada mas que hacer…le quedan solo unos minutos de vida…dejen pasar a su familiar…”
Matilde corrió desesperada a ver a Manuel, en cuanto el medico le dijo de la gravedad de la situación, “Solo despídase de el”. Matilde lloraba y se aferraba al pecho de Manuel, mientras el, con sus ultimas fuerzas, trataba de decirle algo.
Después del velorio, y los días de luto correspondientes, Matilde volvió a casa de Miguel. Se sentía tan sola sin el en esa casa tan grande, apagó la alarma del reloj, que sonó desde el día sábado a las 5 de la mañana. Caminó hacia el baño, y sintió a alguien detrás suyo, se dio la vuelta y entonces, supo que hacer…
Al día siguiente, la noticia cruzo toda la colonia como un relámpago: “¡Novia se cuelga, en casa de su novio muerto!” gritaba el chiquillo encargado de vender los periódicos de la colonia, que regularmente eran de solo seis páginas.
El cuerpo de Matilde fue hallado colgando de una soga amarrada de el tubo que sostenía la cortina del baño, lo que nadie supo, es que las palabras escritas con sangre en las paredes del baño, eran las mismas que Miguel le dijo al oído con su ultimo suspiro: “La Medusa”…